sábado, 16 de junio de 2012

DAVID HERRANZ o el pájaro Reichelt



París, Francia. Principios de un nuevo siglo. Todo puede ocurrir. Los ciudadanos se reinventan, pasean por las calles con alegría notable, posan para el fotógrafo que con suerte un día hará fortuna tras su muerte, acuden al trabajo aliviados y se seducen unos a otros apresuradamente para certificar la vida. Un sastre reconocido diseña un traje con el que volar. Un pedazo de tela con el que demostrar al mundo que sigue siendo importante desafiar las leyes de la gravedad. Un hombre, cualquier hombre. No. Una mañana fría François Reichelt se enfunda su traje paracaídas. Habiendo lanzado como prueba primera un muñeco revestido con la tela voladora en cuestión y, habiéndose estrellado éste contra el cemento que sostiene la Torre Eiffel, nuestro hombre no se rinde. Un pájaro, cualquier pájaro. No. Sube decidido a lo alto de la Torre. Ante la expectación de sus contemporáneos se lanza. Nada tiembla, ni un solo escalofrío en el intento de aprehender la existencia. Sólo un leve crujido al chocar contra el suelo. El último impacto le devuelve a la vida.

Un hombre, cualquier hombre. No. David Herranz, en Canis mutus, convierte la Torre Eiffel en colmena, en un lugar desde donde observar lo misteriosamente finito de la percepción, lo temerosamente inabarcable de aquello que imagina. El punto exacto donde la intersección del vuelo y su caída, más allá del bien y del mal, convierten el impacto en acierto involuntario. Un hombre se ha salvado. Quien lea Canis Mutus quizá comprenda que no es posible separarse de él sin antes haberse sentido aliviado.


EL EXTRAÑO

De todo cuanto hable de tu paso
por este mundo, deshazte.
Solo tú has de saber que has existido,
y ni esto.
Si haces bien este trabajo,
descuida, la muerte te guardará el secreto.

Ni un cabo olvides a tu partida
del que puedan tirar de ti hasta justificarse.

Canis Mutus, David Herranz (S.T.I, 2011)




Fotografía que tomé en Saint-Clar.






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